Batiburrillo del 11-XI
Octubre es el mes del color, de las cosechas maduras, de las hojas volanderas y diciembre el mes de la Navidad, lo que hace que a noviembre le haya tocado el ingrato papel de mes triste. El mes en que Ismael prefería embarcarse a la caza del cachalote para no detenerse demasiado ante las tiendas de ataúdes ni plantearse siquiera la posibilidad de pegarse un tiro. Siempre se ha dicho que la esperanza es lo último que se pierde pero ¿y si se perdiera lo primero? ¿Si uno supiera desde el principio que sólo puede contar con sus propias fuerzas?
Además hoy es once del once, la fecha llena de cifras gemelas, y si bien es cierto que en un cómputo duodecimal el once lleva a hombros la tristeza de lo penúltimo -ni siquiera le cabe la alegría del culmen que supone el doce-, no es menos cierto que en un cómputo decimal el once supone el principio de una nueva serie, rematada la anterior con el diez. El once es el renuevo, un renuevo esbelto como las garzas.
De hecho, hoy es la fiesta del oso, que todavía andará por esos montes cebándose con bellotas, manzanas, hayucos, arándanos y algún becerro, mientras que marmotas, erizos, lirones y arvícolas ya se habrán echado a dormir. Que la susodicha renovación requiere bastante esfuerzo. (No estará de más recordar que tanto la tradición cristiana como la islámica han ridiculizado al oso, seguramente no podían con él de otra forma.)
Pues sí, hay que reconocer que, por un motivo u otro hoy estoy más alegre de lo que la fecha sugiere, y quizás el oso y el once no sean más que pretextos. Quizás el verdadero motivo sea que este mes acaba un periodo de dos años en el que, por segunda vez, se me ha elegido candidato a formar parte de un jurado. Y por segunda vez he tenido la suerte de que no me haya tocado serlo. La existencia del jurado no me parece democrática ni progresista, más bien demagogia pura y dura, pues en el fondo significa, siquiera subliminarmente, que la opinión de varios legos puede valer más que la de un solo experto, y no hay que olvidar que el consensus omnium puede ser útil en cuestiones de interés pero no ante hechos. ¿Quién soy yo para opinar sobre la culpabilidad o inocencia de un acusado? Si el juez, el abogado y el fiscal han estudiado Derecho, será por algo. Ojalá la ley del jurado desaparezca pronto, y, si no es mucho pedir, que sea en noviembre. una noticia así serái como para echarse a dormir con la tranquilidad del oso o como para emprender cualquier aventura con los ánimos de Ismael al enroilarse en el Pequod.
Javier Pérez

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