Un año sin JRUB
Nunca se me olvidará la última conversación que tuve con José Ramón Urío Bengoechea, un mes antes de que muriera. Le había llamado para comentar un artículo suyo recién publicado en el Diario de Navarra y él, con esa ironía suya no exenta de mala leche, me contó que, siendo un filósofo como el Hipopótamo Rosa manda, pensaba escribir en breve otro artículo que defendiera justo la tesis contraria pero, ay, no le dio tiempo.
¿Quién se lo impidió? ¿Nos matan los dioses en los que no creemos? En su caso, no le faltarían amenazas, pues descreía de las tres religiones que, desde tiempo inmemorial, se reparten el solar navarro: la cristiana, la navarrista y la abertzale, y cualquiera de éstas, si no las tres unidas, pudo haberle mandado su respectivo Azrael con la guadaña camuflada en uno de los muchos cigarros que encendía sin haber terminado apenas el anterior, o en alguna de aquellas noches en vela con la que navegaba por los ríos de papel tras la estela de Kant, Platón, Kapuscinski y otros muchos hipopótamos rosas, o al menos aspirantes a serlo.
Lo cierto es que los GHR -"Las religiones no han hecho sino aumentar la cantidad de sufrimiento en el Universo, y yo he creado la religión del Gran Hipopótamo Rosa para aumentar la cantidad de placer." están ahora huérfanos, expuestos a los ataques del Homoterio, -ah, los dientes de sable- de la Hiena gigante y de otros muchos monstruos que en nuestras conversaciones íbamos añadiendo a ese particular bestiario. Pero él mismo decía que el GHR era el primero en sufrir el "síndrome de King Kong" -si cedes ante la belleza estás perdido- y como buen platónico tenía muy en cuenta que del amor a lo bello ha surgido todo lo bueno que hay en la Tierra. Por eso el Pequeño Homoterio Gris no es tan distinto del Gran Hipopótamo Rosa, y en las noches estrelladas, tan proclives a la admiración filosófica, también se pregunta con quién hablar ahora der estas cosas y de otras muchas que, fuera del mundo de hipopótamos y homoterios, siempre han recibido la calificación de locura y demencia.
Javier Pérez

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