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Serán ceniza mas tendrán sentido

29/10/2008 GMT 1

El perro mongol

blcrnvlkjp @ 21:51

  Hace unos días he vuelto a ver esta película, -cuyo director y actores no nombraré por resultar, además de impronunciables, desconocidos- y he vuelto a salir tan a gusto como la primera vez. Y creo que cien veces que la viera, cien veces me gustaría igual. Pertenece a un género difícil de realizar, pero contundente e inolvidable si se hace bien: las tragicomedias sobre la gente corriente: Full Monty, Flores de otro mundo, Billy Elliot, Los lunes al sol, Un franco catorce pesetas, Las chicas de la lencería... Entre otras que nos hablan de tantas luchas cotidianas de tantas personas humildes con un sentido del humor que no es forzado, sino que sale de la misma situación.

 Aunque hayan cambiado los caballos y camellos por motos y los arcos por fusiles, los pastores mongoles siguen viviendo en lo esencial como hace mil años, montando y desmontando la yurta según donde haya pastos y agua, y pasando las noches con un ojo abierto para evitar que el lobo diezme los rebaños. Por eso al protagonista de al película no le hace niguna gracia que su hija haya adoptado a un juguetón cachorro vagabundo, pues los perros abandonados -dice- se juntan con los lobos y los guían. Luego los acontecimientos le harán cambiar de opinión, cuando al buscar a su hijo pequeño extraviado sea el perro quien lo lleve hasta él, y además disperse con su ataque a una siniestra bandada de buitres negros a la que el niño, llevado por la curiosidad, se acercaba en exceso. (Al autor de estas líneas se le acercó un buitre negro en el Guadarrama: no hace falta realzar el aspecto siniestro de dicha ave.)  

 La asociación de perros cimarrones con lobos recuerda mucho a las novelas de Jack London, pero sin tono épico. O, en todo caso, es una épica pedestre y sudorosa, una épica con las manos no manchadas por la sangre del enemigo sino por el estiércol del ganado. (Y en cuanto a los lobos, ni se ven sus huellas de día ni se les oye aullar de noche lo que los hace más fascinantes y temidos.) El perro es inconfundible por su pelaje blanco y su cabeza negra, lo que le da aspecto de mapache o de tejón. Los paisajes de la Mongolia septentrional -praderas, colinas, riachuelos- despiertan el instinto senderista del espectador hasta límites insospechados. Y el contraste entre esa Mongolia profunda, quasiinmutable y la ciudad que se acelera para alcanzar al resto del mundo lleva a una escena final apoteósica: hasta qué punto un pastor nómada puede entender que se hable de elecciones, de que votar es un derecho y un deber. de reflexionar antes de participar... (Inevitable recordar esa excelente novela de Miguel Delibes que es El disputado voto del señor Cayo.)

 En fin, una película como pocas, de la que se podría decir mucho y todo bueno. La prueba de que el cine sigue fabricando sueños y de que la realidad sigue -como siempre- superando a la ficción.

Javier Pérez

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