Coincidencias y antropoides
En este bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe habrá que recordar, entre otros muchos relatos suyos, Los crímenes de la calle Morgue, quizás el primero que leí. Y doblemente primero, por inaugurar un género, el policiaco, que tanto se ha seguido practicando hasta nuestros días.
Ya entonces, con mis XI o XII años, se me quedó grabada esa forma tan especial de sugerir el horror identificándolo con lo desconocido. Los testigos no han visto nada -primer paso para que el lector imagine- pero han oído dos voces. Coinciden en que la primera es la de un francés pero discrepan en cuanto a la segunda. Uno piensa que es la de un inglés pero nunca ha oído hablar inglés, otro cree que es la de un ruso pero nunca ha oído hablar ruso, etc. Así, de esa forma que luego aprendieron tan bien Borges, Cortázar y otros, se nos va metiendo lo extraño en la vida cotidiana, hasta que descubrimos que el asesino es un orangután.
Y ésa es una elección perfecta pues un antropoide resulta mucho más monstruoso que otras bestias más frecuentes en la literatura y en el cine. Y es más monstruoso, sencillamente, por ser más cercano. No es difícil considerarlo superior a otros animales tanto en la inteligencia como en la voluntad, capaz de defenderse, de atacar, de prever las intenciones de sus presuntas víctimas, y de disfrutar del daño infligido a éstas.
No es casualidad que celebremos el bicentenario de EAP junto con el de Darwin, y no sólo por las fechas, sino porque, al fin y al cabo, el mono es un espejo.

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