Allá películas
¿Recuerdan la escena final de El planeta de los simios? El comandante Taylor (Charlton Heston) cabalga tan tranquilo por la playa hasta que de repente la visión de la Estatua de la Libertad derribada y semienterrada en la arena le muestra sin lugar a dudas dónde está. Gran sorpresa, pardiez, pero nos podríamos hacer varias preguntas. ¿No se había dado cuenta de que los simios hablaban inglés? ¿De que eran chimpancés, gorilas y orangutanes? ¿De que tenían caballos y fusiles? ¿No había reconocido en los mudos a sus congéneres? ¿No había visto maíz y otras plantas terrestres?
Ayer de madrugada volví a ver La semilla del diablo y me vino a las mientes una pregunta similar: la noche en que Satán se presenta para poseer a su elegida, ¿qué hace el marido de ella? ¿Se queda para levantar acta del evento? ¿Se queda con los ojos cerrados? ¿Se va a otra habitación? Sabemos, eso sí, que su carrera de actor da un salto meteórico desde entonces, y que los cuernos pueden ser un precio asumible, sobre todo si al haber sido puestos por el mismísimo Príncipe de las Tinieblas -el cornudo monarca del abismo le llamó una vez Espronceda- suponen un ascenso -o mejor dicho un descenso- en el escalafón infernal.
Pero claro, si nos planteamos estos pequeños detalles es porque pensamos en las susodichas películas, y porque pensar en ellas nos gusta. Seguro que hay otras muchas de las que no nos hacemos estas preguntas porque, sencilla y llanamente, ni las recordamos.

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